Las cosas marchaban del todo bien, Seunghyun me cuidaba como
si fuera su más preciado tesoro y pues su mamá ya sabía de nosotros, ella de
vez en cuando venía a nuestra alcoba trayendo comida para mí. Su padre aún no
estaba enterado de mi existencia pero pronto tendría que saberla ya que ya
tenía siete meses de embarazo y pronto daría a luz.
El pequeño Seung mostró aceptación por mí y también me
cuidaba y hacía compañía cada que mi príncipe iba en una misión. No me sentía
tranquilo, las palabras que mi padre escribió en la carta que me dejó
retumbaban en mi cabeza cual veneno en la sangre; sentía que mi raza era lo
primero que debía ayudarles a encontrar su libertad y alejarlos de esta
esclavitud pero no me creía capaz, en mi corazón radicaba la esperanza de que
al tomar Seunghyun el mando del reino liberaría a los míos.
Era de noche y estaba sentado en una mecedora que Seung
había construido en la habitación. Ahora solo usaba túnicas de seda salpicada
con diamantes, según mi suegra servía para canalizar las energías y hacer que
el bebé creciera sanamente. Un viento helado entro por el balcón y escuché que
alguien caminaba por él, me armé de valor y hablé.